Puede
parecer extraño pero concebís amores platónicos sin conocer el verdadero
significado de esta expresión. Utopía. Irrealidad. Y seguís a pie de cañón esperando el día en que podáis escuchar una palabra que salga de su
garganta, o seáis testigos de una mirada que transmita más que todas las que
habéis recibido a lo largo de vuestra vida.
Claro,
al fin y al cabo, soñar es gratis. O eso dicen.
Vosotros.
Habláis
de atardeceres sin haber visto al sol posarse sobre su espalda, ni esconderse
porque sabe que, a su sombra, no es nada.
Habláis
de vivir para siempre bajo el mar y no conocéis la sensación de sumergiros en
las cuencas hidrográficas de sus ojos aún cuando están cerrados, durmiendo o
soñando, ya sea despierto que preso del cansancio o compañero del descanso,
pues son iguales de impactantes a mi juicio. (Y al de todo el que ha querido
quedarse en ellas.)
Habláis
de noches de fiesta y de desenfreno sin daros cuenta de que no podréis estar
entre él y la luna cualquier madrugada, ni desear que pongan un lento en lugar
de tanta música comercial para aferraros su cuello y que él se amolde a vuestra
cintura mientras os movéis al son de las notas que, en ese momento, parecerán
parte de una partitura compuesta exclusivamente para intentar que todo sea
perfecto. Rectifico, que lo sea. A su lado es imposible que algo salga mal, lo
digo por experiencia.
Habláis
de personas que os salvan las horas muertas de cada amanecer sin ser
conscientes de que, con tan sólo una palabra, puede socorreros todos y cada uno
de los días que os queden en la tierra.
Habláis
de querer sentir correr la sensación de adrenalina por la sangre y vértigo y no
os habéis tirado del precipicio que se forma en la comisura de su boca poco
después de darle un beso. Y no hablemos del último, del de antes del final.
Habláis
de que los escalofríos os recorren la piel cuando no habéis escuchado que su
voz pronuncie vuestro nombre. Su voz. Todo suspiros, todo silencios, todo él.
Todo. Él.
Habláis
de sonrisas sin conocer la curva de su boca y os dais los buenos días sin que
él os llame a modo de despertador cada mañana para deciros: “Eh, bonita, venga
arriba que eres una tardona y como no te levantes vas a llegar tarde. Y me voy
a enfadar y no voy a ir a verte.” Y ni con esas viene después.
Habláis
de amor sin sentir sus “te quiero” grabados a flor de piel en la vuestra, en el
subconsciente y en la memoria, y en el corazón.
Habláis
de dolor y de lágrimas sin intimar con la emoción amarga de su último portazo,
su última mentira, su último viaje hacia cada uno de vosotros que, más que de
ida, sería de vuelta.
… Y ahora pensáis en él sin saber su nombre…
Y
yo…
Yo
hablo de él sin conocerle si quiera, sin vivir en sus ojos, ni salvarle de
amanerceres, ni sentirme segura en las madrugadas porque sé que está conmigo
(más que nada porque soy consciente de que nunca estuvo, aunque lo aparentara).
Y
escribo esto sin poder nombrarte, aunque sea entre líneas, sin saber dónde estás
o si eres feliz porque aún no has tenido los cojones de pasarte por mi vida. Porque
todavía no sé quién eres, porque sólo sé que nunca te traté, ni de tú, ni de
usted, ni de vista. No te reconocería ni con reminiscencia; ni te olvidaría si
te conociese. Quizás sea por eso por lo que no he sido capaz de describir a
nadie más que no seas tú, o la razón por la que he dedicado unas líneas a más
de uno sin estar a tu altura. O porque tú ya no eres tú y a mí eso me basta y
me sobra para tomarlo como excusa para todo; incluso para deshacerme de lo que
queda de ti.
[A
pesar de esto, escribir sin destinatario es sinónimo de ser sincero y yo hablo
de ti aún sin ser testigo de tu verdadero ser, mi amor]
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